En nuestro último día en Pekín fuimos a ver el gran símbolo de China: la Gran Muralla.
Primero que todo, deciros que la muralla china no pasa por Pekín Pekín, está a las afueras, bastante a las afueras. Nosotros, a diferencia de la mayoría de turistas extranjeros, íbamos por libre, a nuestra bola, dependiamos del transporte público para desplazarnos. Así que tuvimos que tomar el autobús que utilizaban todos los locales y que conectaba Pekín con Badaling, el tramo más concurrido de la muralla.
Para nuestra mala suerte, aquel día justamente fue nublado. Me llamó la atención el gran contraste que existe cuando te alejas de la caótica Pekín, cuando te encuentras inmerso por aquella megalópolis eres incapaz de imaginar que nada más salir de las circunvalaciones te sumerges en un profundo bosque montañoso donde se respira aire "puro".
La muralla es cara, ahora no recuerdo cuanto, pero no te puedes marchar de China sin haber puesto un pie en una de las nuevas siete maravillas del mundo. Sin embargo, creo que esta parte del viaje no la hice bien. Como ya dije anteriormente, ir por libre tiene sus inconvenientes y sus ventajas, he de decir que en este caso en concreto fue un gran incoveniente. ¿Por qué? Pues por los motivos que comentaré a continuación.
Badaling es el tramo más concurrido, y China es el país más poblado. Esta ecuación da como resultado unas aglomeraciones inhumanas que te impiden disfrutar del impresionante monumento que estás visitando. Y todos estos turistas son chinos, chinos de provincia que al verte gritarán "Laowai" y correrán a ponerte a sus asustados hijos a tu lado para hacerse la foto y presumir luego en su pueblo de su foto con el extranjero. Al principio esto me encantaba, no hubo día en que alguien no se hiciera una foto conmigo. Al final acaba cansando. Y yo por lo menos era moreno, de piel oscurita, que el orden de preguntarme de dónde era solía ser. "¿Amelican?" "No" "¿African?" "WTF? No, Spain, Europe" Supuse que se referían a moro, porque allí europeo lo relacionan con altos rubios y arios y yo no encajaba precisamente. Otro dato curioso es que parece que para ellos latinoamérica no existe, América es U.S.A y ya está. España es famosa en China, sobre todo gracias al fútbol que aunque no lo creaís causa furor en el país asiático. Aunque no tanto como las guiris pelirrojas que no se pueden mover sin que las acribillen a fotos.
Después de comer, perdí 100 EURAZOS, repito, me desaparecieron de la cartera 100 EURAZOS que serían unos 8000 yuanes, toda una pasta en China y que seguro que le arreglé el mes alguna familia. En fin, como suelo decir cada día en China dio para mil anécdotas. Prosigo, después de comer y perder semejante cantidad de dinero (mi presupuesto era de 400 euros para 16 días, con lo cual me tuve que ajustar mucho el presupuesto en adelante) me dirigí a las trece tumbas Ming, que me habían vendido como la panacea desconocida y para nada. Me pareció bastante prescindible que sólo se salvó por una representación muy bonita que hicieron de lo que solían ser las coronaciones imperiales o su equivalente chino, no me enteré muy bien.
Mi viaje por la capítal China había llegado a su fin, pero el viaje por China no había hecho más que empezar. Me despedí del Norte de China con un buen sabor en los labios y una firme conclusión: Pekín podría ser la ciudad más bonita del mundo, patrimonio no le falta, población tampoco, poderío económico ni se duda, sin embargo está mal cuidada. El tráfico caótico (caótico de verdad), la contaminación, el fevor propagandístico al régimen y la onmipresente policia que a veces llega a incomodar.
Me despido de este post sin terminar el día, porque el viaje entre Pekín y Xi'an merece su propia entrada. Dejo como colofón final la foto de este nativo que me encontré esperando el autobús a Badaling, en su ferviente momento llegué a pensar que tenía los ojos azules pero ahora examinando la foto veo que no, que quizás eran verdes. Sea cual sea la respuesta tenía unos ojos que destacaban entre la población china que por lo general es bastante homogénea, aunque yo en Pekín vi de todo ¡Hasta albinos!
miércoles, 25 de marzo de 2015
martes, 13 de enero de 2015
Entrada absurda: Escribir por el mero placer de escribir.
Estoy a punto de incumplir la regla número uno de cualquier blog, voy a escribir por escribir, sin saber qué voy a decir, qué va a haber dos líneas más abajo. Es como una aventura, como cuando empiezas a pensar una nueva historia y no sabes en qué acabará desembocando.
Yo ahora mismo me encuentro en una situación en la que hacía mucho que no había estado y es que no tengo nada que escribir. Después de cinco años escribiendo, perfilando una historia, matizando personajes, dibujando mapas, borrando y reescribiendo, el pasado diciembre terminé ese libro que en tantas ocasiones me pareció interminable.
No sé qué será lo próximo que escribiré, si bien es cierto que tengo tres o cuatro proyectos en mente, lo que sí que sé a ciencia cierta es que sea cual sea la opción que elija ésta no ocupará más de cien páginas ¿Por qué digo esto? Porque si te pones un límite, creo que la historia gana calidad, gana densidad, que a veces es mala, cierto, pero de lejos es preferible la densidad a decenas de páginas vacías en las cuales se describe con minuciosa meticulosidad el húmedo vaho que desprendía aquella taza blanca y rosa repleta de café caliente en el cual María ahogaba unas endebles magdalenas y sus ganas de seguir viviendo.
Como me dijo un amigo mío, disfruto del apacible trascurso de la monotonía. Aún no han empezado los exámenes, me encuentro sumergido en un breve nirvana de libertad, sin preocupaciones, llegado hasta tal punto que puedo permitirme el lujo de escribir aquí una mediocre entrada absurda carente de cualquier tipo de calidad literaria y quizás algo pretenciosa como todo lo que escribo, pero me da igual, mi propósito era escribir por el mero placer de escribir y eso es lo que he hecho. Sea cual sea el resultado estoy dispuesto a darle a Publicar y que sea lo que Dios quiera, un éxito o un fracaso, o lo que es más probable una incoherente entrada perdida en la inmensidad de internet que tal vez, y sólo tal vez, yo sea el único que la lea jamás.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
Mi momento más mágico de 2014.
Si tuviese que destacar un momento de 2014, destacaría un par de segundos que viví hace ya seis meses durante mi viaje a China. Yo había pasado aquella tarde solo en un hospital de Shanghái con cuarenta de fiebre, atado a un gotero en una sala con otras veinte personas y después del viaje en tren más insoportable de mi vida con mi clásica paranoia pesimista. Tras un tiempo, que sinceramente no sé cuanto fue, llegaron por fin mi amigo Tietuo, su primo y el tío del primo de Tietuo para sacarme de allí. Yo todavía con fiebre, me subí en la moto con pedales o la bicicleta con motor de su tío. Me agarré con una mano fuertemente al tronco del hombre y sujeté con la otra mi sombrero para evitar que se volase. Entonces empezamos a circular entre los coches a toda velocidad en mitad de la noche. Después de dos semanas, ya me había acostumbrado a la caótica anarquía que era el tráfico en China y más en una ciudad de veintitrés millones de habitantes como era Shanghái. Y entonces, el conductor me indicó que mirase a mi izquierda y de repente, entre los hormigueros verticales, surgieron los famosos rascacielos de Shangái iluminados de azul, rojo, amarillo... había soñado durante años con ver aquellos colosos y maldije que tuviese que ser justo en aquel inoportuno momento, con fiebre, a toda velocidad en una "moto con pedales" y con extremadamente fatigado. Sin embargo, rápidamente me di cuenta de lo afortunado que era y por fin, después de tanto tiempo, estaba viviendo aquello que tanto tiempo había deseado, aquello por lo que había recorrido diez mil kilómetros. Es una verdadera pena que no hubiese tenido una cámara en mano para inmortalizar aquel momento y poder compartir un resquicio de aquel maravilloso paisaje que sin duda no podría reflejar ni de lejos la totalidad de emociones que me provocó, aún así, aquel recuerdo, aquel fugaz ataque de plenitud y realidad, de sentirse vivo, permanecerá grabado, imborrable en mi memoria, para siempre.
viernes, 24 de octubre de 2014
Perfume a decadencia
Tras mi viaje a China, volví con la sensación de haber visto cosas que jamás había visto, probado o sentido en España. No hablo sólo del sabor de las cucarachas, del olor a contaminación en mis pulmones o de los frenéticos transbordos en metro que convierten en una nadería a Valencia en fallas. Hablo de algo que va más allá, un sentimiento generalizado que invade las calles e inunda el ambiente. No sé como llamarlo: auge, apogeo, tener la certeza de un futuro mejor... en cualquier caso la palabra que busco es un antónimo de decadencia.
Y es quizás mi ciudad, Valencia, uno de los mejores exponentes que puedo encontrar de este ambiente generalizado de decadencia. Hay una frase que escucho últimamente demasiado y que yo me delato culpable de repetirla también: "yo de mayor no quiero vivir aquí". Esta apatía, esta desilusión, esta decadencia es palpable en la población, especialmente la más joven y quizás sea una de las consecuencia de la crisis que más hondo hayan calado y que más tarden en desaparecer, si es que algún día desaparecen.
A mi me encanta Madrid, es algo que no niego, ni oculto. Si tuviese playa sería la ciudad perfecta en mi opinión.Sin embargo, no hay más que pasearse por sus calles para darse cuenta que aquello en el pasado fue grande, muy grande, fue la capital del imperio en el que nunca se ponía el sol y ahora es incapaz de ganar unos juegos olímpicos. España, Europa en su totalidad, es un gran museo al aire libre, un lugar precioso donde se puede apreciar a simple vista las señas de un glorioso pasado no tan lejano.
Pero volviendo a la pequeña Valencia, me encuentro en la actualidad con una ciudad sin vida cultural. Perdón sí que hay, hay múltiples conciertos de grupos independientes en Valenciano pero yo me refiero quizás a la bohemia que se respira en Madrid. La oferta teatral de Valencia es pésima, como actor, como editor, como periodista, como ingeniero... no veo futuro en ninguno ámbito si uno se mantiene en la pequeña ciudad de levante.
Si ya abordamos el tema político mucho peor incluso porque tras diecinueve años de gobiernos populares (yo nací con el PP en el poder, así no he conocido otra cosa) no se ve en el horizonte ninguna otra alternativa factible que no sea un inestable tetrapartito.
Valencia se cae, se está cayendo, y las ciudades de las artes, las carreras de fórmula1 no son más que patéticos y caros intentos por posicionarnos en un lugar internacional que ya no nos atañe.
En China en cambio se sentía un ambiente muy distinto, el metro era nuevo y eficiente. Me moví por sitios muy muy poco turísticos y viví los lugares en los que estuve intensamente, pero no vi más pobreza que en España, todo lo contrario. La gente quería estudiar, sabía que tenía un futuro prometedor por delante hiciese lo que hiciese. Y eso me daba miedo. China es un dragón muy grande y se me quedó el cosquilleo que no tardará en despertarse y comernos a todos.
Que conste que no la pongo de ejemplo. Muchas cosas me desencantaron de China. La ferrea censura del gobierno, el hecho de que la población se sintiese completamente ajena e incompetente para abordar la responsabilidad de tomar ellos mismos decisiones políticas y cuestionar a sus líderes, el vivir para trabajar y no trabajar para vivir, el caos, la suciedad...
Volví de China sintiéndome afortunado de haber nacido en Occidente pero también entristecido por ya ser completamente consciente de que nuestro papel en el mundo se ha acabado, que ya no tenemos nada que decir y que como todo gran imperio de la historia hemos caído, ahora sólo nos falta asumirlo y comenzar a salir lentamente del fango.
viernes, 12 de septiembre de 2014
Un viaje a China (III)
Tietuo, mi sombrero de Ikea y yo continuamos nuestro recorrido por Pekín entre la contaminación y el sofocante calor. Decidimos acortar en un día nuestra estancia en la capital, así que tuvimos que condensar todo lo que queríamos ver y este fue sin duda el día del viaje que más me gustó lo que vi.
El primer lugar que visitamos fue el Palacio del verano. Que está alejado del bullicioso centro pekinés y algo menos contaminado. Es con diferencia el sitio más hermoso en el que he estado en mi vida. Construido al rededor de un lago artificial, con majestuosos jardines orientales, templos budistas, pagodas, puentes imposibles, música, danzas tradicionales, señores haciendo caligrafía con agua y un sinfín de nenúfares en flor. Era lo único en el planning de lo que no había oido hablar, ni siquiera Tietuo y menos mal que me lo recomendó el chico de la agencia porque es una auténtica maravilla del mundo.
Después de comer y ver las ruinas milenarias del antiguo Palacio del verano, fuimos al ICONO con mayúsculas de la ciudad de Pekín: "El templo del cielo". Siendo sinceros, pensaba que, como todo lo que se suele vender como icónico, al final, me iba a defraudar pero no fue así. El templo del cielo es gigantesco y a diferencia de otros enclaves turísticos no estaba repleta de chinos, la entrada era un poco cara pero mereció de sobras el dinero que costaba. Ese día me enamoré de Pekín, es sin duda una ciudades más bellas del mundo y es una pena que esté tan tan tan contaminada.

Por último, Tietuo me llevó a Wangfujing Street que es la famosa calle de Pekín que sale siempre en callejeros viajeros y que es como los occidentales nos imaginamos China con sus farolillos rojos y muy bulliciosa, pero repito es sólo una calle. Pekín no se parece en nada a Wangfujing Street. Era una pena que estuviese tan lleno porque había tanta comida. Sin embargo, no pude resistirme y me "comí" dos cucarachas. Que ¡Ojo! no están malas, de veras. Saben a gamba a la plancha, pero como allí todo se come con cáscara (incluso las gambas) mi garganta no está preparada para tragarse un exoesqueleto y solo las chupaba para esculpirlas a continuación. Como las pinzas de las cigalas y las cabezas de las gambas.

Os dejo el link con la dirección del vídeo de la cucaracha. Espero que lo disfrutéis.
viernes, 29 de agosto de 2014
Un viaje a China (II)
Los que me conozcan sabrán que hay cuatro cosas que me apasionan (eran cinco antes de viajar a China): los mapas, Canción de Hielo y Fuego, Euskal Herria con sus siete provincias, y el metro. Pues el metro de Pekín es una pasada. 16 líneas tenía el mapa que cogió Tietuo, y más habría porque algunas en vez de número tenían nombre. Allí la seguridad es máxima, antes de entrar en cada estación te hacían pasar todas las mochilas por un escáner e incluso a veces pesar los líquidos. Esto que al principio me sorprendió se repite en cualquier lugar medianamente público de China, desde el metro, la estación de tren, los parques etc... al principio es un engorro bastante grande sobre todo si vas con maleta y hay un montón de irrespetuosa gente corriendo como locos para coger asiento en el metro y no tener que ir de pie. Una vez, en la estación de Beijing West Railway Station, mi amigo Tietuo quedó atrapado entre una marea de gente que se pegaba por entrar en el metro y tuve que tirar con fuerza de él para sacarlo. Porque los chinos son muy muy respetuosos con los extranjeros, los laowais, pero no así entre ellos.
Al primer lugar al que fuimos fue la plaza de Tiananmen, la plaza más grande del mundo pero, como todo en China, está tan llena de chinos que es imposible admirar por completo su magnanimidad. Esto fue especialmente horrible en una de mis grandes decepciones del viaje, la Gran Muralla, de la que ya hablaré luego. Aquel día el ambiente estaba tan cargado de contaminación que llegué a confundir el sol con la luna. Y esto es algo que en occidente nunca había visto, el sol como una esfera perfectamente redondeada a la cual se podía desafiar mirando directamente sin deslumbrarse. La cola del mausoleo de Mao daba la vuelta a la plaza pero iba rapidísima. Tietuo me dijo que no merecía la pena entrar y que además no te dejaban hacer fotos. Tampoco me hacía mucha ilusión ver su cadáver, ni tener que rendirle honores.
Hubo dos momentos en el viaje en los que dije: "WOW madre mía" El primero fue cuando abrieron las puertas de la Ciudad Prohibida y me encontré ante aquella gran explanada que durante muy poquitos segundos estuvo casi vacía. La Ciudad Prohibida era la residencia del emperador de China y como su nombre indica estaba prohibido el acceso para todo la plebe del país, unos mil millones de personas. A mi me encantó aquel lugar, mientras que a Tietuo le decepcionó. He de decir que a mi no se me ocurrió llevarme el carnet de estudiante y eso me jodió bastante durante el viaje porque a pesar de que mi madre me envió una fotografía había lugares donde no me la admitían y tenía que pagar el doble que Tietuo por entrar en cualquier sitio.
Después de ver la Ciudad, fuimos a ver unos parques aledaños muy hermosos. Típicos jardines chinos, tal y como uno se imagina oriente. Con sus abuelitas y abuelitos bailando y haciendo deporte, gente tocando instrumentos tradicionales, hombres haciendo caligrafía, señores y señoras cantando. Muy divertido todo aunque acabé destrozado. Me llevé las botas de montaña y por la noche tuve que meter los pies en agua caliente de lo que me dolían.
Después fuimos a comer a un pequeño bar o restaurante, no sé, da igual. Llamémosle con cariño un acogedor lugar que ni de coña pasaría los controles sanitarios occidentales. Comí muy bien y muy barato, además las Coca-Colas y las fantas (ya comentaré más adelante mi problema con esta palabra) son de 600ml y valen 4 yuanes, unos 50 céntimos. El paraíso de la comida, señores. Ir a China y no atiborrarse de comida es un pecado. Eso sí, advierto que la comida china china nada tiene que ver con la que nos ponen aquí en los restaurantes. No vi un solo arroz tres delicias o un rollito de primavera o un pato al limón. Además, por lo general, es picante. Y también recuerdo que allí no hay cubiertos, todo es con palillos, así que mejor que vayáis como yo, aprendidos de casa y os libréis de un gran problema.
Por la tarde ya estaba muerto y enterrado de tanto caminar entre hutongs y de tanto calor (todavía no había ido a Xi'an y no conocía lo que era el calor de verdad). Una cosa que no soporto es la gente que yendo de viaje insiste en volver al hotel porque está muy cansada y he de reconocer con vergüenza que aquella tarde fui yo el que tras una hora en el metro camino a la villa olímpica le pedí a Tietuo volver. Como podéis ver en la foto, ya no podía más. Y sin embargo volvimos al metro y acabamos sin quererlo delante del CCTV y del Beijing World Trace Center.
Una horita más de metro y por fin estuvimos de vuelta en casa listos para ir a cenar a un restaurante. Es una pena que la comida fuerte de los chinos sea la cena porque me llenaba rapidísimo y siempre terminaba exhausto media hora antes que el resto de personas. La cena china es muy distinta a la occidental, se preparan seis o siete platos muy variados con carne, pescado, verdura, fruta, arroz, sopa... y se sirve todo junto. En el caso de los restaurantes te lo van trayendo conforme lo van haciendo. Creo que ese día fue el que mejor comí de toda mi vida. Su tío muy hospitalario no paraba de preguntarme si quería más cosas y yo le respondía que aquello era más que suficiente. Le pedí perro, pero el perro a pesar de la creencia popular no es un plato típico ni común chino. Hay lugares, me dijeron, pero muy pocos porque comer perro es coreano. A continuación dejo una imagen de una parte de la cena.
Estaba tan cansado que en sólo un día me acostumbre al uso horario y a las ocho caí rendido en la cama.
lunes, 18 de agosto de 2014
Un viaje a China (I)
Hace ya dos semanas que volví de China y tengo la extraña sensación de que fue hace mucho tiempo, meses e incluso años. No encontraba el momento de reflexionar qué han significado para mi estos 16 días fuera de casa. Sin duda ha sido una experiencia muy intensa, casi diría que demasiado. El choque de civilizaciones ha sido brutal, pero me ha enseñado muchas cosas. Intentaré seguir un orden cronológico.
Tras cuatro horas de avión hasta Estambul, siete horas de escala jugando a las cartas con chinas en el aeropuerto de Ataturk y otras nueve horas de avión por fin llegué a la República Popular. Mi primera impresión fue clara y se refleja en la pregunta que nos hicimos todos los pasajeros conforme nos íbamos aproximando a la capital china: ¿eso es niebla o es contaminación? porque después de sobrevolar el hermoso e inmenso desierto del Gobi nos introdujimos en una nube grisácea que no nos abandonó hasta que cogimos el tren hasta Xian. Bajar del avión fue toparme con un mundo completamente nuevo, envuelto por una bruma de aire seco y tóxico a 40 grados de temperatura, creo que no hace falta decir más sobre el clima de Pekín, excepto que aunque no lo parezca no es el peor de China.
Mi amigo y yo llegamos a Pekín desde un avión diferente cada uno. Yo hice escala en Estambul, él en París. Estuve una hora perdido en el aeropuerto buscándolo hasta que lo encontré con otros dos hombres. Salimos a la calle y tuve mi primer gran impacto con la cultura china: el tráfico. Mi amigo Zou me dijo que en China no había normas de tráficos, los pasos de cebra inexistentes, por supuesto; el automóvil, prioridad absoluta al parecer. Aquello era un caos, tardé mucho en acostumbrarme para ser sincero. Me atemorizaba cruzar la calle y varias veces me enfadé con los conductores. Una vez viniendo de ver la Gran Muralla a un coche le dio por darse la vuelta en mitad de la carretera y tuvo (por sus santos cojones) el tráfico detenido durante quince minutos (bueno quizás menos, pero me tocó mucho las pelotas esa actitud de ahora me doy la vuelta porque me da la gana) y otra vez cuando cogiendo un "taxi" (taxi = chino en bicicleta) fuimos en contradirección entre los coches. Otra de las muchas manías de los chinos es escupir. Escupir, pederse y eructar, sea donde sea, sea quién sea. Da igual si estás en un coche, en la estación de tren o, por supuesto, en un bar al aire libre, aunque esta sea una pudiente señorita seguro que escupirá y eructará. Y luego serás tu el maleducado por beberte la cerveza del botellín y pelar las gambas con la mano.
Nos alojamos en casa de sus tíos, cerca de la estación de Dahongmen, en el sur de la ciudad. Si ya cuando vine de Madrid sentí que Valencia era un pueblo grande, al volver de Pekín sentí que esto no es más que un pueblo. Pero ahora he llegado a la conclusión que quizás no sea China el mejor lugar para comparar, no es que Valencia se muy pequeña, es que Pekín es gigantesca a un tamaño desorbitado. Su tío nos llevó a cenar a un "bar" al aire libre con sus amigos donde hacían la comida en la calle, al lado de un mercado donde la fruta estaba en el suelo y un grupo de señoras mayores bailando al unísono. La comida estaba buenísima, al igual que la cerveza, la cual no se debe beber de botellín según los chinos. Acabé cansadísimo, ni siquiera me di cuenta de que la cama no era más que una tabla de madera con una esterilla de bambú, pero tenía tanto sueño que me supo como si hubiese sido una cama de agua.
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